
El lector Alfredo Hernández Sacristán nos escribe una carta en relación a la eutanasia defendiendo que el término más apropiado para denominarla sería "suicidio" o "asesinato", y considera la muerte "algo ineludible que Dios nos envía cuando quiere y como quiera". El debate sobre la eutanasia o muerte digna, según se interprete, saltó con el caso de Ramón Sampedro en 1998, posteriormente llevado al cine en Mar Adentro. Reproducimos el texto íntegro de nuestro lector:
EUTANASIA.¿ SABEMOS TODOS LO QUE ES?
En anteriores ocasiones no había dejado claro lo que es la “ panacea murtuoria “que nos quieren vender y queda muy lejos de lo un católico, bien informado, puede aceptar cuando le hablan de” muerte digna “.
A la eutanasia- para endulzarnos la muerte provocada, sea por tu cuenta o con la ayuda de un vecino o un familiar, también se puede buscar otro agente, que en su caso puede ser el mismísico médico-no han querido darle su nombre real porque este sería suicidio o asesinato y esto sonaría muy fuerte, como ahora se suele decir. Ajustándonos a lo que realmente ocurre, podríamos denominarlo. suicidio personal o “ consentido".
El término eutanasia, etimológicamente significa buena muerte o, si de románticos se trata, dulce muerte. Pero para el católico convencido, la buena muerte es la que Dios nos envía, cuando quiere, como quiere y cuando quiera. Y le pedimos a s. José, Patrón de la Buena Muerte, eso, una muerte como la suya. Asistido por la Virgen y en los brazos de Jesús.
A la muerte, que tarde o temprano nos visitará como algo cierto e ineludible, un santo de nuestro tiempo la llamaba nuestra buena amiga, ya que nos la envía Dios y a su presencia nos lleva. Su llegada, continuaba s. Jose María, sería como un dulce sobresalto ,y un despertar saciándonos de la mirada del Señor.
Llegará, que todo llega y ella con mas certeza, y si somos capaces de pensar y nos dejan hacerlo en esta sociedad en la que todo parece estar pensado por su cuenta. El pensamiento pretenden dárnoslo digerido y aceptado; pero pensando por nuestra cuenta y llegaremos a la conclusión de que la vida no tiene dueño, no tiene dueño terreno.
Es de Dios, dador de la vida, y la suprime cuando lo cree oportuno. Pero en nuestra libertad nos deja disponer de ella, suprimiéndodola en el indefenso o hacer con la nuestra lo que nos venga en gana.
La ley de lo políticamente correcto nos da la opción de elegir, como si de un dios se tratase, . entre permitir la vida o suprimirla; vivir o morir. Vivir no es siempre fácil; llegan las limitaciones o empobrecimiento de nuestras facultades, del tipo que sean, y esta sociedad “ buenista “ nos convence y nos aconseja, por no ser acordes con el estado del bienestar, que la suprimamos. Aprovecha el sentimentalismo, todos somos sentimentales, para manipular el sentimiento y con esa fibra sensible pensar...¿ qué hago en este mundo? Sufrir y hacer sufrir, pensamos con una lógica humana, que es sólo humana y pegada a la tierra. Yo preguntaría, ¿ mi vida es mía? ¿ cómo la he conseguido? ¿ Fue alguna vez de mis padres?¿ Fueron dueños realmente de ella?
La contestación a ninguna de las preguntas es positiva. Lo único que aproxima al origen de mi vida es que mis padres consintieron en ser trasmisores de ella y se lo agradezco infinitamente; pero mi madre ser dueña de mi existencia...eso no se lo cree una cabeza sin manipular.
Si cualquier mineral, planta o animal fuese capaz de conseguir un simple conato de nuestra inteligencia, haría lo imposible por conservarla. Pero el hombre, cuando la fatalidad le priva del movimiento y la salud, ya no es piensa en el bien que supone vivir y que se le ha dado, ya el dolor o estar incapacitado le obnubila y no le deja pensar que la vida , aunque no la disfrute, no es suya, tan sólo es depositario de ella.. Ya no la quiere, la desprecia y se considera capaz de ser juez y verdugo para destruir algo que jamás le ha pertenecido. Le han dejado usarla ¿.Hasta cuando y como?
Sólo podría contestar el Autor de la vida. Como a tantas y tantas preguntas que nos hacemos los hombres y las mujeres.
Alfredo Hernández Sacristan, Jerez de la Frontera (Cádiz).
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